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¿De qué se trata?

Learning from the Grassroots nació de un proyecto de cine documental. Nuestro objetivo es dar a conocer, a través de proyectos cinematográficos y podcasts de audio, iniciativas de la sociedad civil que trabajan en el ámbito de la soberanía alimentaria. Además, la asociación Learning from the Grassroots pretende ofrecer una plataforma para fomentar las redes de colaboración y la cooperación.

Nos interesa descubrir qué es posible cuando personas comprometidas se unen para impulsar procesos de transformación colectiva. ¿Cómo se pueden representar estos procesos en películas u otros medios? ¿Se pueden trasladar estas experiencias a otros contextos?

En el centro están las iniciativas y redes de la sociedad civil: personas que comparten conocimientos, persiguen objetivos comunes, desarrollan alternativas y actúan conjuntamente. No se trata únicamente de los temas concretos por los que trabajan, sino también de las formas de comunidad y colaboración que surgen en el proceso.

Repensar la comunidad

La necesidad de pertenecer a una comunidad, grande o pequeña, y de actuar conjuntamente ha sido una constante en la historia de la humanidad. El capitalismo y, con él, el auge del populismo en la política han tendido —sobre todo en Occidente— a poner el acento en el individualismo, a aislar a las personas y a apelar al egoísmo individual. Sin embargo, la necesidad fundamental de comprometerse con una causa común y de vivir en una comunidad que vaya más allá de la familia nuclear ha sobrevivido.

Si bien conocemos los efectos divisivos del egoísmo, el individualismo no tiene por qué ser un obstáculo para unirse a otras personas en tiempos de capitalismo. Al contrario: nos lleva a elegir de forma más consciente las comunidades de las que queremos formar parte. En lugar de nacer simplemente en una comunidad, como ocurría antes, en la posmodernidad buscamos y construimos nuestras propias comunidades en función de nuestras visiones y deseos.

Así surge una nueva forma de entender la pertenencia. La comunidad ya no es algo predeterminado, sino algo que construimos activamente. Ya no nos vinculamos únicamente a través de nuestro origen o nuestras tradiciones, sino también a través de nuestros valores, ideas y formas de entender la vida. Cuando las personas se encuentran porque les preocupan cuestiones similares y buscan respuestas parecidas, nace otra forma de convivencia: más abierta, flexible y consciente.

Pero esta libertad también tiene su reverso. Cuanto más se convierte la comunidad en una elección, más frágil puede parecer. Las relaciones y los grupos cambian cuando los caminos de la vida se separan o las prioridades se transforman. La comunidad deja así de ser un estado estable para convertirse en un proceso continuo, un espacio que debemos crear una y otra vez. Pero quizá sea precisamente ahí donde reside su fuerza: en la posibilidad de concebir la libertad y los vínculos como dos dimensiones compatibles, en lugar de enfrentarlas entre sí.

Un nuevo «nosotros» en la era del «yo»

Los grupos se forman y vuelven a disolverse, de modo que sus miembros no están vinculados entre sí de por vida. Las sectas quizá sean un vestigio de las antiguas comunidades impuestas. Debido a su tendencia al aislamiento, suelen desarrollar un carácter autoritario. Las asociaciones voluntarias, en cambio, pueden organizarse de forma sociocrática y convertirse así en un modelo de sociedad más libre y menos jerárquica. La práctica de la sociocracia puede aprenderse y convertirse en un hábito en asociaciones, organizaciones y redes sociales vividas en el día a día (no me refiero a Facebook y similares).

Este nuevo «nosotros» no surge de la sumisión, sino de la negociación. Se basa en la confianza de que la diversidad no es una amenaza, sino un recurso. En estas formas flexibles de convivencia se manifiesta una cultura de la escucha, del consenso y de la responsabilidad compartida. Las decisiones ya no se toman desde arriba, sino que se construyen conjuntamente desde el centro del grupo, mediante el diálogo, la participación y la búsqueda colectiva del equilibrio.

De este modo, cambia la relación entre el individuo y el colectivo. El yo no se pierde en el nosotros, sino que encuentra en él resonancia. La comunidad se convierte en un ejercicio de respeto mutuo, en un espacio donde la autonomía y la solidaridad no se excluyen, sino que se hacen posibles la una a la otra. El nuevo «nosotros» no supone, por tanto, un regreso a antiguas formas de vínculo, sino un paso adelante hacia una sociedad que no exige la cohesión, sino que la hace surgir.

gemeinsam handeln - 10 Jahresfest der Kleinen Stadtfarm - Still-Foto aus der Doku 'Learning from the Grassroots: Land in Sicht' - Copyright: Eva Pudill

La sociedad civil: el poder de lo que está en medio

Las asociaciones, las organizaciones y las redes sociales suelen caracterizarse por no estar dirigidas por el Estado ni estar guiadas por intereses económicos orientados al lucro. Se denomina sociedad civil a ese espacio social en el que las personas se organizan de forma autónoma para perseguir intereses comunes e impulsar cambios sociales. Abarca distintas formas de compromiso y representación de intereses: desde asociaciones organizadas y actores institucionales hasta iniciativas informales y personas comprometidas a título individual.

Las raíces de este concepto de sociedad civil se remontan muy atrás: desde la idea de Montesquieu de la separación de poderes, que limita el poder del Estado, pasando por la distinción sistemática de Hegel entre el Estado y la sociedad civil, hasta la defensa que hacía Tocqueville de las asociaciones voluntarias como fundamento de una democracia viva. Desde esta perspectiva, la sociedad civil puede impedir que las clases dominantes —hoy, las multinacionales y sus grupos de presión— gobiernen de forma despótica.

En esta zona intermedia reside la verdadera fuerza de las sociedades democráticas. Aquí se forman opiniones, se negocian intereses y se ponen a prueba innovaciones sociales, mucho antes de que se conviertan en realidad política o económica. La sociedad civil es, por tanto, un laboratorio de imaginación social, un espacio en el que la ciudadanía se organiza más allá de las estructuras de poder institucionales y aprende a actuar colectivamente.

Precisamente en una época en la que las instituciones políticas pierden credibilidad y las lógicas económicas penetran cada vez más en la vida cotidiana, esta esfera adquiere una nueva importancia. Es el contrapeso social entre el poder y la impotencia, el mercado y la moral, el orden público y la libertad individual. Su fuerza reside en la creación de redes: en la capacidad de tender puentes entre las diferencias y compartir responsabilidades. La sociedad civil encarna así el poder de lo que está en medio: mantiene abiertos los espacios en los que la democracia se vive, en lugar de limitarse a administrarla.

El espacio disputado de la libertad

El espacio en el que puede ejercerse el poder público debe conquistarse una y otra vez mediante la acción política, incluso en una sociedad abierta. En una sociedad democrática, la libertad no es una condición dada de antemano, sino un proceso continuo que debe protegerse y fortalecerse mediante el compromiso de la ciudadanía. Esta libertad nunca puede darse por sentada: hay que defenderla una y otra vez frente a la presión de las fuerzas autoritarias, los intereses económicos monopolizados y la imposición de normas uniformes. En este campo de tensiones surge la concepción del «espacio público» como un escenario en el que se negocian los conflictos entre los derechos individuales, los intereses colectivos y la autoridad del Estado.

Sin embargo, los movimientos y las redes de la sociedad civil no solo defienden el espacio democrático, sino que también lo amplían constantemente, haciéndolo más inclusivo y diverso. La sociedad civil desempeña, además, un papel importante en el fomento de la cohesión social y la integración. En un mundo en el que aumentan las desigualdades sociales y la polarización política, las organizaciones de la sociedad civil ofrecen una plataforma para el diálogo. Contribuyen a mantener unida a la sociedad al conectar a personas de distintos orígenes, convicciones e intereses y promover causas comunes.

En el punto de mira de la política autoritaria

Pero precisamente ahora resulta cada vez más evidente que el concepto de sociedad civil —un mecanismo de protección fundamental frente a la concentración del poder— está hoy sometido a una presión como pocas veces antes. El espacio para el debate político que abren los movimientos de la sociedad civil se ve cada vez más amenazado por actores políticos e intereses económicos.

Por un lado, los movimientos de la sociedad civil que defienden la justicia social, los derechos humanos y la protección del medio ambiente se encuentran cada vez más en el punto de mira de partidos y gobiernos conservadores, de derecha o autoritarios. Estos no solo cuestionan su legitimidad, sino que también desacreditan sus reivindicaciones, presentándolas como perturbaciones «innecesarias» o «peligrosas» de la paz social y del crecimiento económico. En muchos países, los activistas no solo son objeto de ataques verbales, sino que también se enfrentan a la represión estatal. Son vigilados y criminalizados, y sus organizaciones son silenciadas mediante trabas burocráticas o incluso prohibiciones legales. En muchas partes del mundo, los derechos fundamentales de la sociedad civil, que actúa como contrapeso al poder, están restringidos. Aun así, su papel como guardiana de la democracia y de los intereses de las minorías sigue siendo decisivo.

La acción política como un nuevo comien

Estas movilizaciones reflejan una transformación estructural más profunda: la creciente conciencia de que la sociedad civil no es un mero subproducto de la democracia, sino su corazón palpitante. En las redes de la sociedad civil, las organizaciones de base y las movilizaciones de masas se renueva la cultura democrática, se cuestionan las tendencias autoritarias y se cultivan imaginarios alternativos. El valor con el que las personas se implican en la vida pública —a menudo asumiendo grandes riesgos personales y exponiéndose a detenciones, represión y campañas deliberadas de difamación— expresa una conciencia colectiva de que la libertad no se conserva por sí sola.

Otro aspecto de este espacio en disputa es que la sociedad civil no solo ofrece resistencia, sino que también desarrolla soluciones alternativas y modelos para el futuro. Por tanto, no es únicamente un espacio de defensa, sino también un espacio para las visiones de futuro. Aquí surgen modelos para otra economía, una sociedad más justa y un futuro más digno de ser vivido para todas las personas. De este espíritu nació Learning from the Grassroots. El proyecto trata de explorar espacios de libertad en los que las personas no solo se reúnen para resistir, sino también para crear nuevas formas de convivencia, organización y pertenencia.

La filósofa Hannah Arendt describe esta acción conjunta como un segundo nacimiento. Según Arendt, nacemos en un mundo que ya existía antes de nuestro nacimiento. Pero, en cuanto tomamos conciencia de nuestra existencia, intervenimos en lo que sucede mediante la palabra y la acción. Con el concepto de natalidad, Hannah Arendt señala que la perspectiva única del individuo, que despierta a su segundo nacimiento a través de la acción conjunta, encierra algo radicalmente nuevo: una posibilidad de actuar que antes no existía. Este segundo nacimiento afirma, mediante una acción compartida y cargada de sentido, el mero hecho de haber nacido (en griego: zoé) y asume la responsabilidad que ello implica.

«El poder, en su verdadero sentido, nunca puede ser poseído por una sola persona. El poder aparece, por así decirlo, de manera misteriosa cuando las personas actúan conjuntamente, y desaparece de una forma no menos misteriosa en cuanto una persona se queda completamente a solas consigo misma».

Hannah Arendt, in: „Politik und Verantwortung. Zur Aktualität von Hannah Arendt“ Offizin, 2004, S. 26.

gemeinsam handeln - Kistl Informationstag von Land in Sicht; Still-Foto aus der Doku 'Learning from the Grassroots' Copyright: Eva Pudill

Autora: Eva Pudill, noviembre de 2025